Mujer bebiendo

La soledad no deseada puede influir en el abuso del alcohol. Imagen: Thinkstock.

“Doctor”, she asks, “can you give me
a cure for loneliness?”

Ishani Kar-Purkayasth
The Lancet, 2010

“There is reason to believe that people
are becoming more socially isolated”

Holt-Lunstad J.
PLoS Med. 2010

Esto es lo que parece haber sucedido en Finlandia en los últimos años. Un estudio realizado por los departamentos de Epidemiología y Salud pública de las universidades finlandesas de Helsinki y Turku, en colaboración con el University College de Londres, titulado Living Alone and Alcohol-Related Mortality: A Population-Based Cohort Study from Finland (Vivir solo y mortalidad relacionada con el alcohol: un estudio de un grupo de población de Finlandia) se plantea el siguiente objetivo: evaluar el riesgo relativo de muerte por causas relacionadas con el alcohol en las personas que viven solas, así como determinar si este riesgo ha cambiado desde que el alcohol es mucho más barato en Finlandia.

El estudio de Kimmo Herttua y colaboradores se ha llevado a cabo sobre una muestra que correspondía al 11% de la población de Finlandia, con edades comprendidas entre los 15 y los 79 años, suplementada con otra muestra de población en la que se incluían las muertes relacionadas con el consumo de alcohol, por causas que hubieran podido contribuir a dicha muerte, de manera directa o indirecta.

Los autores consiguieron información acerca del 80% de todas las personas que fallecieron en Finlandia entre los años 2000 y 2007. Durante este periodo fallecieron unas 18.000 personas –de las cuales las dos terceras partes vivían solas– a causa de enfermedades relacionadas directamente con el consumo de alcohol (como las hepatopatías) o, bien, por otras causas de muerte a las que pudo contribuir el abuso del alcohol (como ocurre en los accidentes de circulación, la violencia entre las personas y las enfermedades cardiovasculares).

En el año 2004 fue aprobada en Finlandia una ley que redujo el precio del alcohol de manera sustancial (una reducción del coste motivada por un contencioso comercial con la vecina Estonia). Pues bien, tras este abaratamiento del alcohol, mientras que entre las personas casadas o que vivían en pareja el porcentaje de muertes relacionadas con el alcohol fue similar en los periodos 2000-2003 y 2004-2007, en las personas que vivían solas –sobre todo con edades comprendidas entre los 50 y los 69 años– después de la aprobación de dicha ley, en el 2004, se incrementó el número de muertes relacionadas con el abuso del alcohol.

Estos hallazgos son interpretados por los autores, y por un comentario editorial que acompaña al artículo, como la demostración de que en Finlandia vivir a solas se asocia con una elevación sustancial del riesgo de morir de causas relacionadas con el abuso de alcohol, independientemente del género, situación socioeconómica y de la específica causa de muerte. Este aumento de la mortalidad relacionada con el consumo de alcohol entre las personas que viven solas, después de la reducción de su precio, sería atribuible básicamente a un incremento de las hepatopatías etílicas.

El editorial añade que, debido al diseño del estudio epidemiológico, no es posible decir si vivir a solas es la causa o la consecuencia del abuso del alcohol, aunque se subraya que el franco incremento de las muertes relacionadas con el alcohol en Finlandia entre las personas que viven solas, al tener a mano bebidas alcohólicas más baratas, no detectado en las personas casadas o que viven en pareja, permite sugerir que las personas que viven en soledad son más vulnerables a los efectos adversos derivados de una mayor disponibilidad del alcohol.

Lo cierto es que, según un análisis publicado recientemente en The Lancet, bajo el título Alcohol misuse needs a global response, son unos 2 billones de personas las que consumen alcohol en todo el mundo y, de éstas, 76.3 millones lo hacen con abuso, con las consiguientes consecuencias negativas que generan desde los puntos de la vista de la morbilidad, la mortalidad y los problemas sociales. En este sentido, se concluye en The Lancet, el abuso del alcohol es el tercer factor de riesgo que contribuye a contraer enfermedades que pueden ser prevenidas, todo ello “con una lamentable ausencia de acciones globales contra este abuso”.

El artículo que comentamos esta semana nos incita, de nuevo, a reflexionar sobre la soledad humana y, concretamente, sobre la soledad no deseada y sus negativas consecuencias para la salud –entendida ésta como la armoniosa conjunción del bienestar físico con el mental y el social– sobre todo cuando la solución elegida es la de vivir a solas… con el alcohol.

Porque, como ya escribimos en este blog, frente a la soledad deseada (solitude”, en inglés ) dedicada al cultivo de la idea, de la acción, o de ambas, la soledad que abunda en nuestro tiempo, es la soledad no deseada (“loneliness”), una situación en la que una persona se siente abandonada de los suyos, si los tiene vivos, o sola porque los ha perdido; no es lo mismo “desear la soledad” que “quedarse solo o sola contra su voluntad”. Una soledad no deseada acarrea una disminución o anulación del bienestar social, un componente esencial del estado de salud.

Las relaciones entre la soledad no deseada (“loneliness”) y el abuso del alcohol hace ya tiempo que vienen siendo analizadas. Así, en febrero del año 1992, Ingemar Åkerlind y Jan Olof Hörnquist, del Departmento de Medicina Comunitaria de la Universidad de Linköping, en Suecia, publicaron en la revista Social Science & Medicine, una amplia revisión de la literatura titulada justamente Loneliness and alcohol abuse: a review of evidences of an interplay (Soledad y abuso del alcohol: una revisión de las evidencias de una interrelación), basada más en análisis teóricos que en estudios experimentales.

No obstante, la revisión les permite llegar a la conclusión de que la soledad no deseada (“loneliness”) puede ser un factor muy significativo en todos los estadios clínicos del alcoholismo, no solo como un factor desencadenante, sino también como contribuyente a la persistencia en el abuso de alcohol. En este sentido cabe recordar que el sentimiento de soledad no deseada suele asociarse con una percepción negativa de sí mismo y de sus relaciones sociales, así como con una insatisfacción acerca de “cómo le van las cosas en la vida”.

Esta soledad no deseada (loneliness) es la que describía la joven residente de un hospital londinense, Ishani Kar-Purkayastha, en un ensayo que mereció el Wakley Prize 2010, convocado anualmente por la revista The Lancet, en Doris Rafertty, la enternecedora anciana de 82 años. Cuando, en los días previos a las fiestas navideñas la doctora se disponía a dar de alta en su hospital al mayor número posible de pacientes ya recuperados del motivo de su ingreso, se dio cuenta de que Doris –que ingresó con una arritmia ya controlada, y por lo demás con una “increíble” buena salud– se resistía; le dice que su marido murió hace veinte años y que sus dos hijos viven en tierras muy lejanas. ¡Doctora –exclama Doris, conteniendo las lágrimas– quedan dos días para la Navidad! ¡No quiero ir a casa, porque vivo sola y el día tiene muchas horas! Para terminar con una terrible pregunta: Doctora, ¿puede darme una medicina para la soledad?

Lo lamentable es que, con demasiada frecuencia, las personas que se sienten solas eligen, a modo de automedicación para sobrellevar su soledad no deseada, la dominante y persistente presencia del alcohol en su vida de cada día.