El senado de EEUU acaba de aprobar una ley para promover la transparencia en las relaciones entre médicos e industria

What is needed is a change of culture
“in which serving two masters becomes as
socially unacceptable as smoking a cigarette.”

Edwin A M Gale

Las situaciones de conflicto -del latín conflictus, derivado del verbo confligere, que significa “chocar”- con el variado grado de violencia que todo choque comporta, sea físico o dialéctico, son consustanciales con la condición humana y pueden enfrentar desde dos individuos a grupos, sociedades, naciones e, incluso, a grandes alianzas planetarias. Dado que el vivir es en sí mismo conflictivo, hay conflictos familiares, étnicos, territoriales, como hay también, en cuanto a su apariencia y evolución, conflictos larvados hasta que súbitamente estallan, conflictos pasajeros y conflictos inveterados. Sus motivos suelen ser un profundo desacuerdo, en el que cada parte no solo se desentiende de las pretensiones de la otra, sino que trata de dominarla o, incluso, destruirla. La expresión máxima del conflicto humano es la guerra abierta o su versión oculta, el terrorismo.

Pero en sentido estricto, lo que se conoce genéricamente con la expresión conflicto de intereses puede ocurrir en cualquiera situación en la que un interés interfiere, o puede interferir, con la capacidad de una persona, organización o institución, para actuar de acuerdo con el interés de otra parte, siempre que aquella persona, organización o institución tenga una obligación (legal, convencional, fiduciaria o ética) de actuar de acuerdo con el interés de la otra parte.

Los conflictos de interés en Medicina pueden definirse como aquellas circunstancias que crean el riesgo de que juicios y/o acciones profesionales dirigidas a su interés primario, que es el paciente, sean influenciadas, de manera indebida, por un interés secundario que se convierta en primario para el médico, entrando en colisión con el verdadero interés primario que debe ser siempre el del paciente.

Los intereses primarios en las distintas áreas de la Medicina incluyen: en la práctica médica, el bienestar del paciente y su salud; en la investigación biomédica, la integridad y fiabilidad de sus resultados; en la educación médica, su calidad, y en la elaboración de las recomendaciones de las guías clínicas para el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, su exigencia científica y su neutralidad en la elección de lo recomendado. En definitiva, en el punto central de estos intereses primarios debe estar siempre el paciente, con su problema.

Los intereses secundarios, por el contrario, se desvían de la prioridad y centralidad del interés del paciente hacía los intereses del médico –escenificados ambos en su relación con el paciente– los cuales adquieren una indebida prioridad, sea por motivos económicos, que son los predominantes en estos conflictos de interés, o por otros intereses que atañen y ayudan al progreso y al reconocimiento en su carrera profesional, o al deseo de favorecer a otras personas que le son cercanas.

Los conflictos de intereses en Medicina se han convertido, por su volumen y por su extensión incontrolada, en un problema social preocupante, a pesar de la legislación que pretende controlarla. Quizá porque, como escribe Edwin A M Gale, profesor emérito de Medicina, en un editorial del British Medical Journal del 13 de Octubre –un número especialmente dedicado a este problema, de inmediatas resonancias éticas– para resolverlo “es necesario un cambio en la cultura de la medicina, porque con la legislación no es suficiente”.

El título de la introducción a este número, firmado por Fiona Godlee, la editora del BMJ -A sunshine act for Europe-, pretende llamar la atención sobre la necesidad de que, para tratar de resolver el problema del conflicto de intereses en Medicina, es necesario y urgente que Europa disponga de una ley similar a la aprobada en el Senado de los EEUU –como enmienda al título XI de la Social Security Act y citada brevemente (“short title”) como “Physician Payments Sunshine Act of 2009’–  que fue propuesta por Obama, y cuyo objetivo es promover la “transparencia en las relaciones entre los médicos y los fabricantes de fármacos, instrumentos, material biológico y todo tipo de suministros médicos”. En la práctica, la ley exige a la industria farmacéutica que, a partir del 2013, “declare all payments and hospitality they give to doctors”. Como escribe Fiona Godlee, en un desahogo poético, “as the days grow shorter in this northern outpost of Europe, we can dream about sunshine, real and metaphorical”.

El trabajo que sirve de fundamento a la intención del BMJ de sacar a la luz el problema que plantean los conflictos de interés, desde los puntos de vista económico y ético, es una investigación realizada sobre la prevalencia de los conflictos de interés de carácter económico, nada menos que en los miembros de las comisiones encargadas de redactar las guías para la práctica clínica (“clinical practice guidelines”), en las que se recomiendan, para situaciones clínicas concretas, determinados medicamentos y procedimientos diagnósticos y terapéuticos.

La conclusión de los autores de esta investigación es que la prevalencia de los conflictos de interés de carácter financiero que no son declarados por los miembros de las comisiones que han redactado las guías clínicas sobre hiperlipidemias y diabetes es elevada, afectando a la mitad de los componentes de la comisión. En consecuencia, los autores recomiendan que las organizaciones que producen estas guías clínicas “deben minimizar estos conflictos de interés”.

No cabe duda de que -como ha escrito The Committee on Conflict of Interest in Medical Research, Education, and Practice del US Institute of Medicine of the National Academies- los pacientes y el público se benefician cuando los médicos y investigadores colaboran con la industria farmacéutica, con los fabricantes de la tecnología médica y quirúrgica, y con las compañías dedicadas a la biotecnología, aunque, al mismo tiempo, crece la preocupación de que el crecimiento sin freno de las importantes relaciones económicas entre los profesionales de la Medicina y la industria médica pueda influir de manera inapropiada -y, sin duda, nada ética- en sus juicios y decisiones, aquellas que afectan al interés primario de la Medicina, que es el paciente.

La lamentable consecuencia es que estos conflictos de interés, cuando permanecen ocultos y no son sacados a la luz, asumidos como inevitables, sin más crítica, por una sociedad “medicalizada”, sometida a una presión mediática excesiva, se convierten en una peligrosa amenaza para la integridad y fiabilidad de los resultados de las investigaciones biomédicas, la objetividad de la educación profesional, la calidad de la práctica médica y, en último término, para la confianza de la sociedad en la Medicina.