Bodegón frutas

Lo más recomendable a día de hoy es tomar antioxidantes a través de alimentos ricos en ellos, como las frutas y las verduras, no en forma de suplementos.

“Reactive oxygen species (ROS) get a bad press,
as evidenced by the notable trend in the use
of dietary and cosmetic antioxidants.
New work suggests, however, that ROS
might have a role in mitigating certain cancers”

Rushika M. Perera y Nabeel Bardeesy
(Nature, 7 July 2011)

La Medicina dispone, en su arsenal terapéutico, de numerosas sustancias activas cuyo objetivo es bloquear la acción de mecanismos fisiológicos –como la coagulación de la sangre, la tensión arterial, el estado de ánimo, y muchos más– cuya secuencia normal se ha extraviado hacia el exceso, sea fiebre, hipercoagulación, hipertensión arterial o depresión. La específica acción bloqueante de estos fármacos se anuncia por el prefijo anti- que precede a la palabra que expresa la acción bloqueada: antifebril, anticoagulante, antihipertensivo, antidepresivo, etc, etc. En los últimos tiempos, una serie de fármacos, dentro del grupo de estos medicamentos antisistemas orgánicos han adquirido una gran relevancia mediática, probablemente excesiva para sus presuntos méritos: son los antioxidantes –denominación ya incluida en el DRAE– debido, sobre todo, a que sus beneficiosas acciones se supone que afectan a dos grandes preocupaciones de la salud: el envejecimiento y el cáncer. En cierto sentido, la imagen mediática proyectada por los antioxidantes es, para muchos, la de una píldora casi mágica, garantía, sin más, de una buena salud.

La vida aeróbica sobre la tierra, dependiente del oxígeno atmosférico liberado por las plantas en el proceso de la fotosíntesis, se basa en una reacción química denominada redox (“reacción reversible en la que una sustancia sufre oxidación y otra reducción”, según el Diccionario de uso del español actual de Manuel Seco): la reducción implica la ganancia molecular de un electrón, en tanto que la oxidación supone la pérdida de un electrón. Mientras que la reducción total del oxígeno produce agua, su reducción parcial genera radicales libres de oxígeno, entre los que se incluyen el anión superóxido (O2-), el peróxido de hidrógeno (H2O2) y el radical hidroxilo (OH.). Todo esto sucede en la cadena respiratoria de las mitocondrias, orgánulos en cuyo interior se genera la mayor parte de la energía necesaria para mantener la vida de la célula y, por integración, del organismo entero. Además de esta fuente principal de radicales libres de oxígeno, que es la cadena respiratoria de las mitodondrias, y de otra fuente interna de mucho menor capacidad generadora, como son los leucocitos activados para cumplir su función defensiva, también pueden originarse, en el ambiente interior y exterior, con el humo del tabaco, el ozono y la luz ultravioleta.

Los radicales libres de oxígeno son sustancias muy reactivas, potencialmente dañinas para las células, ya que causan la oxidación de los lípidos, las proteínas y el ADN, en este caso con el riesgo de provocar una mutación génica. Las lesiones generadas cuando sus niveles son muy elevados –una situación calificada como “ estrés oxidativo”– se han relacionado, en el reino animal, con el envejecimiento y la carcinogénesis (a través de la mutación del ADN y de las proteínas), mientras que en los seres humanos contribuirían al inicio de la ateroesclerosis.

Los antioxidantes hacen su aparición, durante el desarrollo evolutivo de la vida en la Tierra, como sustancias orgánicas que pueden proteger a las células de las lesiones provocadas por los radicales libres del oxígeno, mediante la neutralización de su agresividad. Desde esta perspectiva, los antioxidantes han sido descritos como agentes de una operación de limpieza (“mopping up”) de los radicales libres de oxígeno, que impide que éstos puedan captar electrones de otras moléculas.

El sistema defensivo de los antioxidantes está constituido dentro de las células por enzimas (como la superóxido dismutasa, la más importante, las catalasas y la glutatión peroxidasa). El espacio extracelular lo componen pequeñas moléculas antioxidantes, unas solubles en lípidos y otras en agua: las solubles en lípidos, localizadas en la membrana celular, están representadas, por su prevalencia, por el alpha-tocopherol, la forma química y biológica más activa de la vitamina E. Otros antioxidantes solubles en lípidos son el beta-caroteno (precursor de la vitamina A) y unas sustancias relacionadas, los carotenoides, entre los que se incluyen el αlfa-caroteno, el licopeno ( responsable del color rojo de los tomates) y la luteína, entre otros. La vitamina C es el más importante de los antioxidantes solubles en agua.

Respecto a los presuntos efectos beneficiosos de los antioxidantes contra la carcinogénesis inducida por los radicales libres de oxígeno, la tesis que los sustenta es la siguiente: mientras que los niveles elevados de las especies reactivas de oxígeno son dañinos para las células normales, paradójicamente podrían estimular el desarrollo de células tumorales acelerando, por su propia capacidad mutagénica, el ritmo de las mutaciones causantes del cáncer, así como activando fenómenos inflamatorios, coadyuvantes en el crecimiento de la tumoración neoplásica. Estas presuntas acciones promotoras de carcinogénesis a cargo de los radicales libres de oxígeno serían las que justificarían la utilización sistemática y masiva de los antioxidantes para reducir el riesgo del desarrollar un cáncer.

Al llegar a este punto conviene preguntarse: ¿Cómo es posible que los hechos descritos que ocurren en el mínimo pero complejísimo escenario celular, entre un sistema orgánico defensivo muy agresivo (los radicales libres de oxígeno), en su mayoría generado en la propia célula, y su contrapartida, un sistema neutralizante de esa agresividad, hayan convertido con tanta premura a las sustancias antioxidantes, responsables de dicha neutralización, en un “trending topic”, no solo en la literatura biomédica, sino en las industrias farmacéutica, cosmética y alimentaria (con el consiguiente extensísimo mercado de suplementos de antioxidantes). Dos razones se me ocurren, apoyadas por la lectura del breve, pero denso y crítico, texto de J. Stebbing y C. A Hart, titulado Quackery. Antioxidants and cancer (Curanderismo. Antioxidantes y cáncer) recién publicado en The Lancet Oncology.

La primera es la extraordinaria simplificación realizada con un problema biológico enormemente complejo, a nivel intracelular, hasta convertirlo en el relato de una lucha permanente entre malos y buenos, sin matices: un agente biológico alsolutamente malo (el radical libre de oxígeno) que debe ser eliminado de forma masiva, y otro agente absolutamente bueno (el antioxidante) que debe ser reclutado y lanzado a la lucha, también de forma masiva.

Esta concepción es “radicalmente” errónea. Por una parte, porque la producción del agente malo –el radical libre de oxígeno– puede ser beneficiosa en determinadas circunstancias, ya que forma parte del mecanismo de defensa del huésped contra el cáncer. No hay que olvidar que el cuerpo humano, sin la producción de radicales libres de oxígeno no podría luchar contra los microrganismos invasores ni destruir los cuerpos extraños ni las células dañadas, por lo que desempeña un papel clave en la actividad microbicida y en la inmunidad celular.

Por otra parte, sucede que el agente “bueno” –el antioxidante– también se comporta, a veces, como “malo”. En algunos cánceres se han demostrado recientemente niveles elevados del factor de transcripción Nrf2, el encargado de regular el programa de producción de antioxidantes en el interior de las células, una elevación que sería necesaria para que el tumor iniciara su desarrollo.

En estas circunstancias, los antioxidantes podrían ser calificados, de manera simplista, de “malos”.

La segunda razón atañe a la apresurada traslación a la práctica clínica, sin la suficiente evidencia científica, de los pretendidos efectos beneficiosos de los antioxidantes contra el cáncer, conseguidos en trabajos experimentales, in vitro. Mientras que los hallazgos positivos in vitro en cultivos celulares y en animales de experimentación, han podido ser confirmados científicamente, los resultados in vivo, mediante ensayos clínicos han sido muy confusos, por lo que sus conclusiones han sido consideradas como inconsistentes.

En resumen, a la vista de los recientes hallazgos que demuestran la ambigüedad de las acciones frente a las células cancerosas tanto de los radicales libres de oxígeno como de los antioxidantes, un intervencionismo con pretensión terapéutica en la “contienda” entre ambos sistemas biológicos sería de dudoso beneficio e incluso peligroso. Tanto más cuanto que esta intervención es, hasta ahora, totalmente beligerante a favor de uno de los “contendientes” –los antioxidantes– aumentando, con el aporte de “suplementos”, su capacidad operativa contra el sistema de los radicales libres de oxígeno.

Hasta que se conozcan, con mayor profundidad y precisión, los nuy complejos comportamientos de ambos sistemas biológicos con la célula cancerosa y sus interrelaciones, se ha sugerido que el objetivo terapéutico en la prevención y tratamiento del cáncer no debería, como hasta ahora, desequilibrar masivamente el encuentro entre ambos “contendientes” (radicales libres de oxígeno/antioxidantes), a favor de los segundos, sino procurar un equilibrio, lo que conduciría a una modulación del denominado estado redox, que expresa la relación cuantitativa, en el interior de la célula, entre reducción y oxidación.

En un comentario de Rushika M. Perera y Nabeel Bardeesy –los autores del artículo Cancer: When antioxidants are bad, más arriba citado– a los hallazgos de Gina DeNicola, se hacen la siguiente pregunta: ¿los resultados obtenidos implican que los antioxidantes añadidos a la dieta incrementan el riesgo de cáncer? Su respuesta es: “probablemente no, porque lo que el grupo de DeNicola encontró en su estudio experimental fue que los suplementos de antioxidantes tenían un efecto positivo sobre la genésis del tumor, tan solo si existiese una deleción (pérdida de un fragmento de ADN) del factor Nrf2, una situación improbable en la carcinogénesis humana”.

En todo caso, como cierran J. Stebbing y C. A Hart su provocador artículo en The Lancet Oncology, “to take antioxidants out of context might more dangerous than we realise” (tomar antioxidantes fuera de contexto puede ser más peligroso de lo que pensamos). Lo razonable sería tomar antioxidantes con moderación –los incluidos en las frutas y verduras, aunque no se disponga hasta ahora de evidencias científicas de que éstas disminuyan el riesgo del cáncer– y no con la demasía de los añadidos suplementos, como si se trataran de píldoras mágicas. Aunque lo más recomendable, por ahora, para prevenir el cáncer es vivir con un estilo de vida saludable.