El pensador

"El pensador", obra de Rodin. Imagen: Thinkstock

“Naturaleza: Conjunto, orden y disposición
de todo lo que compone el universo”.

DRAE

“What does it mean to be human?
To have the capacity
to ask the question, perhaps”.

Julian Baggini, FINANCIAL TIMES,
October, 21, 2011

El British Medical Journal, en su número del 12 de Noviembre, nos sorprende agradablemente, en su nueva sección Review of the week, con un texto titulado “Human nature“, firmado por Julian Sheather, consultor en problemas éticos de la British Medical Association.

Dos libros recientes sobre la naturaleza humana han sido los que han propiciado estas reflexiones. El primero y principal es el titulado Humanity 2.0: What it Means to the Human, Past, Present and Future“, del norteamericano Steve Fuller, que ocupa la cátedra de Epistemología social de la Universidad de Warwick, en el Reino Unido y ha sido fundador de la revista Social Epistemology. A Journal of Knowledge, Culture and Policy. El segundo, “The ideal of nature, una colección de doce ensayos sobre la naturaleza, escritos por diferentes autores, editada por Gregory E. Kachnick, de la Johns Hopkins University.

Steve Fuller, el autor de “Humanity 2.0“, –un evangelista de las tecnologías, como lo califica Julian Sheather– ante los avances de las ciencias neurológicas, de la psicología evolutiva y de la revolución tecnológica a todos los niveles, aplicada dentro del propio espacio corporal (desde los genes a los grandes órganos) así como en la interfase con los otros cuerpos, con una instantánea interconexión e interactividad, defiende la posibilidad de un cambio profundo de la condición humana, de su humanidad. Un cambio que conduciría a que su condición “natural” iría disminuyendo progresivamente su presencia en el espacio biológico en el que asienta en el mundo, siendo sustituida por una condición “innatural”.

Una condición natural porque pertenece a la naturaleza, de la cual emergió distinta, desde los otros seres vivos que le precedieron en el largo y tortuoso camino de la evolución, en el momento en que comenzó a decir palabras, para enhebrar con ellas el pensamiento, pasar voluntariamente a la acción manual e instrumental y sorprenderse con la conciencia de su propio yo y la posibilidad de hacerse preguntas.

Para Steve Fuller, la evolución del ser humano podría proseguir, mejorándolo sin limites (“human enhancement”, como perfeccionamiento humano) mediante la aplicación de las nuevas tecnologías en el propio cuerpo, sustituyendo sus partes deterioradas con prótesis de todo tipo y condición, creando una supuesta “vida artificial” a nivel celular, mediante la llamada biología sintética o bien modificando su carga genética. Al fin y al cabo, como ha escrito Sarah Chan, del Institute of Science, Ethics and Innovation en la Universidad de Manchester, que apoya la tesis de Fuller, aunque con más moderación:“la historia de la especie humana es la de una secuencia de descubrimientos –mayores y menores– que nos han permitido progresar y dirigir, hasta cierto punto, el curso de nuestra evolución”.

¿Significaría este nuevo paso en la evolución, más tecnológico que biológico, esta “extensión tecnológica de su condición humana”, la aparición de una nueva versión mejorada del Homo sapiens y, en su conjunto, de una Humanidad 2.0 en la que casi toda su condición “natural” habría sido sustituida por “cosas innaturales”, hasta convertirse en una monstruosa colectividad de seres “transhumanos”? Para Steve Fuller, “aunque la tecnología puede abocarnos al borde del desastre, también podría redimirnos”. Desde este extremado punto de vista, “lo que necesitamos es controlar aún más a la naturaleza, no menos”, una propuesta que implicaría “sobrepasar a la naturaleza humana y rediseñarnos, no solo desde el punto de vista físico sino moral”, para terminar su discurso con una pregunta delirante y retórica: Why not use biotechnology to pluck out the roots of evil from our brains? [¿Por qué no utilizar la biotecnología para extraer las raíces del mal de nuestros cerebros?].

Contra lo que pudiera parecer a primera vista, no es asunto baladí, desde el punto de la vista de la cultura de la salud, plantearse como ha hecho el BMJ, el problema de la naturaleza humana. Así lo hace constar Julian Sheather en su análisis cuando afirma textualmente que the meaning and significance of “nature” and “natural,” though not often directly invoked, are never that far from medicine” (el significado y la trascendencia de “naturaleza” y “natural” , aunque no hayan sido directamente invocados con frecuencia, nunca han estado alejados de la medicina) .”Nuestra naturaleza –prosigue Sheather– nos hace horriblemente vulnerables al sufrimiento y a la enfermedad y nos obliga a gastar enormes recursos para mitigar nuestro dolor y, francamente, ¿hay algo más natural que esto?”.

Porque es evidente que la práctica de la Medicina exige la presencia de un cuerpo humano – el paciente– que sea objeto, para el médico que le asiste, de sus intentos diagnósticos y terapéuticos pata lograr su curación o, al menos, su alivio. Un cuerpo humano que es un objeto natural vivo sobre el que la culturaque en él mismo se ha generado a lo largo del tiempo– actúa sobre él, cultivándolo y modificándolo, transformándolo en una determinada construcción cultural.

Por mucho que avancen las “interfaces” virtuales, el encuentro personal entre el paciente y el médico es crucial: desde las primeras “miradas” que se cruzan entre ambos, y a partir de las “palabras” que intercambian, convertidas en “historias clínicas”, la actividad médica es, sin duda alguna, un asunto humano, en el que se encuentran implicados dos cuerpos con su condición humana, esa nueva naturaleza sobrevenida y extraña, que nos distingue de la simple condición animal. Una condición humana, que es también ineludiblemente “natural”, derivada del hecho de haber desarrollado, evolutivamente, palabras y, mediante éstas, un pensamiento que se despliega, inquisitivo y creativo, tanto hacia dentro del propio cuerpo humano, aunque se haya convertido en parte tecnológicamente en cuerpo-artefacto, escudriñando su interioridad, y la conciencia de su mismidad, como hacia fuera, hacia los “hechos”, hacia el “estado de cosas” del mundo en que vivimos. Una condición humana que es, sobre todo, consciente de la vulnerabilidad, el deterioro y la caducidad de su naturaleza.