Mujer leyendo

Continuar aprendiendo es una de las claves del bienestar según el Gobierno británico. Imagen: Thinkstock.

“The world of the happy man
is a different one
from that of the unhappy man”

L. Wittgenstein. Tractatus logico-philosophicus
Routledge Classics, 2007

“Gross National Product
measures everything,
except that which makes life worthwhile”

Robert F. Kennedy

La palabra bienestar evoca enseguida a la palabra salud, ya que es repetida nada menos que tres veces en la muy breve definición que de la segunda diera la OMS en el año 1948: “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no simplemente la ausencia de enfermedad”. Una definición positiva, en cuanto que el estado de salud se definía por sí mismo y no, de manera negativa, por la ausencia de enfermedad, que fue la que abrió el camino al lento desarrollo de una cultura de la salud, frente a la predominante y costosa cultura de la enfermedad.

Una definición de la salud pensada desde el propio cuerpo, en la que la sensación de “estar bien” (“well being”), de bienestar, se contraponía a la sensación de “estar mal”, de malestar. La coloquial expresión ¿qué tal te encuentras? se mueve en este territorio del “cómo encontrarse” a sí mismo.

Aunque la palabra bienestar, entendida como la sensación de “estar bien” –que cuando es sustituida por una sensación de malestar suele provocar el inicio de la relación paciente/médico hasta llegar, en ocasiones, a la eclosión de la enfermedad– es la que domina en el campo de la cultura de la salud, también es evidente que en los tiempos modernos ha entrado con fuerza, al menos en los discursos, en el campo de aquella política en la que los objetivos sociales son preeminentes, hasta definir una estructura estatal como “estado del bienestar”. Esta alta valoración política del bienestar de los ciudadanos, que excede del ámbito estricto de los sistemas de asistencia sanitaria o sistemas de salud, se pone de manifiesto en la decisión del gobierno de coalición del Reino Unido de introducir, en la evaluación de su gestión pública, medidas que valoren el bienestar (“well being”) de sus ciudadanos, junto con los datos del Producto Interior Bruto (PIB), que expresan los resultados económicos.

Una decisión gubernamental que Sarah Atkinson, directora asociada del Centre for Medical Humanities, en la Durham University, comenta en un artículo del British Medical Journal, titulado “Moves to measure wellbeing must support a social model of health” (Los intentos de medir el bienestar deben apoyar un modelo social de salud) mientras que Adam Oliver, de la London School of Economics and Political Science, en el mismo número del BMJ, y en un breve artículo titulado “What price happiness?” (¿Cuál es el precio de la felicidad?) aprovecha la lectura del reciente libro de Nick Powdthavee “The Happiness Equation”, para hacer una crítica de lo que llama la “economía de la felicidad”: un libro, según Oliver, en la línea de los que recientemente difunden el mensaje de que la felicidad es un “bien” para el público en general, razón de más para que los políticos hagan todo lo posible para maximizarla.

En esta línea de pensamiento y acción, la New Economics Foundation (NEF), en colaboración con el Gobierno británico, ha puesto en marcha el programa “Measuring National Well-being”, cuyo objetivo es, precisamente, medir el “bienestar nacional”, ya que considera que ese bienestar (“well-being”)  es uno de los más importantes aspectos de nuestras vidas, como individuos y como sociedad. El NEF llama la atención sobre el hecho de que “a pesar de que en los últimos 35 años la prosperidad económica del Reino Unido no ha tenido precedentes, no nos sentimos mejor ni como individuos ni como comunidades”.

Más allá del debate académico sobre la definición del bienestar, la NEF lo entiende como un proceso dinámico, con múltiples dimensiones, lleno de matices sociales y personales, que transmite a los ciudadanos la sensación de que sus vidas marchan bien, a través de la interacción con sus circunstancias, sus actividades y sus recursos psicológicos (“mental capital”) . Unos niveles elevados de bienestar en una sociedad significan que los ciudadanos poseen una mayor capacidad de respuesta a las circunstancias difíciles e imprevistas, así como para innovar y para trabajar asociados con otros miembros de la comunidad en la que viven.

En el Informe de la NEF titulado National Accounts of Well-being se hace una propuesta radical: los gobiernos nacionales deben medir directamente el “bienestar subjetivo” y los resultados de estas evaluaciones periódicas dados a conocer a la ciudadanía en el National Household Survey. De este modo, la NEF estima que el problema del bienestar se trasladaría desde el campo de la filosofía al de las ciencias, lo que haría posible investigar acerca de cuales son los factores que conforman el bienestar humano e influyen en su valoración, positiva o negativamente. Un bienestar que, al tratarse de una construcción cultural y social, ofrece muchas y cambiantes versiones en nuestro mundo, según sea el marco étnico, histórico, ideológico y político en el que se encuadra.

¿Qué se entiende por “estar bien”, por bienestar, en la propuesta británica? El Libro blanco sobre la salud pública del gobierno de coalición (“The Coalition Government´s Public Health White Paper”) define el bienestar (wellbeing) como “a positive physical, social and mental state” . Una definición muy simple, totalmente superponible a la definición de la salud que redactara, en su día, la OMS. La conclusión práctica del Libro blanco británico es sencilla: “son factores físicos, sociales, ambientales y psicológicos los que influyen en el bienestar”.

A partir del equilibrio o desequilibrio final entre las influencias, negativas y positivas, de los antedichos factores y, en definitiva, de las experiencias vitales de cada persona, sería construida, en un proceso continuo, con resultados cambiantes, y en gran parte efímeros, la sensación consciente del bienestar o malestar personal, de la visión de nosotros mismos, en el contexto del mundo en el que se vive o malvive. Una sensación, placentera o desesperanzada, elaborada en el propio espacio biológico corporal, mediante la integración del triple bienestar físico, mental y social, ya incluido en la definición de la salud.

Conseguir que entre los factores que influyen en nuestro bienestar predominen los factores positivos es lo que ha intentado la recomendación de la NEF y el Gobierno británico titulada Five Ways to Wellbeing. He aquí las 5 caminos a seguir:

  1. Conectar [Connect] con las personas de nuestro entorno (familia, amigos, colegas y vecinos). En casa, en el trabajo, en la escuela y en nuestra comunidad local.
  2. Ser activo [Be active]. Salga a caminar o correr de manera regular. Practique algún deporte apropiado a su edad y condición física. Sea consciente de que la actividad física es básica para su salud y su bienestar.
  3. Esté al tanto de las cosas que suceden [Take notice…]. Cultive la curiosidad. Disfrute apreciando la belleza de las personas y las cosas de este mundo. Esté atento a lo inusual, a lo provocativo en el arte.
  4. Continúe aprendiendo [Keep learning]. Dedique su interés a lo nuevo y redescubra lo antiguo. Acepte nuevas responsabilidades en su trabajo. Aprenda y cultive nuevas habilidades.
  5. Sea generoso [Give…]. Obsequie con algo agradable a un amigo o a un extraño. Dé las gracias. Sonría. Véase a sí mismo y a su felicidad como ligado a una amplia comunidad.

Es evidente que estas recomendaciones solo serán aplicables por aquellas personas que, de antemano, dispongan y tengan a acceso a los recursos materiales mínimos que permitan una vida digna de un ser humano.

Es el momento de regresar, en esta reflexión, desde las “ciencias del bienestar” a las “palabras filosóficas”. Como escribiera Emilio Lledó en su espléndido ensayo Elogio de la infelicidad, “en el curso de la experiencia literaria de los griegos, quedó el testimonio que probaba la estructura corporal e indigente de la existencia… El ‘bienestar’ se debía a la ausencia de la angustia y de preocupación por el ‘bientener’”.

Más tarde, cuando las palabras comenzaron a descubrir un universo más abstracto, más ideal que la escueta referencia a las cosas, fue naciendo un sentimiento parecido al “bienestar” , pero que ya no surgía de la seguridad que daban las cosas que se poseían, sino que era un sentimiento de paz interior, de equilibrio y de sosiego que se conformaba con poco, un “bienser”, e incluso, en contadas y efímeras ocasiones, una felicidad. Un sentimiento, que -como señala Lledó en su admirable texto- “es continuamente amenazado por la consciencia de la miseria, la violencia, la crueldad creciente que, desde los griegos, ha experimentado la humanidad”.