Pareja cenando

Parece que los hombres piensan en los alimentos casi las mismas veces que en el sexo. Imagen: Thinkstock.

“If you believe men think about sex
all day long, you’re wrong”

Pamela Paul, The New York Times

¿Con qué frecuencia el pensamiento deriva hacia el sexo y rememora vivencias placenteras o, bien, elabora fantasías sexuales, cuando vaga a su aire, mientras el cuerpo humano en el que asienta, sea cual sea su género, camina para relajarse, o descansa en escenarios distintos -sentado plácidamente, en su casa, en la terraza de un bar de la ciudad o al borde del mar- sin estar concentrado en una tarea que absorba toda su atención?

¿Es cierto -como se viene diciendo, con muy débiles evidencias científicas- que el cerebro masculino, a lo largo del día, piensa sobre el sexo con muchísima mayor frecuencia que el cerebro femenino? Por lo menos, en la web www.snopes.com, dedicada a coleccionar “leyendas urbanas”, se califica como falsa aquella que sentencia que “los hombres piensan sobre el sexo cada 7 segundos” (Men think about sex every seven seconds).

Esta es la cuestión que se ha planteado la profesora Terri Fisher, del departamento de Psicología de la Ohio State University, en The Journal of Sex Research, en un artículo titulado “Sex on the Brain? An Examination of Frequency of Sexual Cognitions as a Function of Gender, Erotophilia, and Social Desirability” (Sexo en el cerebro: Un examen de la frecuencia de pensamientos sobre el sexo como una función del género, la erotofilia y el grado de aceptación social). Una cuestión que cabe incluir en el ámbito de las investigaciones que se vienen realizando acerca de los diferentes comportamientos sexuales de ambos géneros, el femenino y el masculino, y de sus posibles fundamentos biológicos, un área de interés en la cual ha concentrado su labor la profesora Fisher.

Una revisión de las numerosas investigaciones dedicada a esta cuestión muestra que los hallazgos han sido inconsistentes, variando desde muy significativas diferencias en la frecuencia de pensamientos sobre sexo (“sexual cognitions”) entre el género masculino y el género femenino, a diferencias irrelevantes e, incluso, ausentes. Es posible que, como señala Terri Fisher, estas diferencias hayan disminuido, en las investigaciones realizadas en los últimas décadas, debido a los cambios ocurridos en los comportamientos sociales de los dos géneros.

La novedad de la metodología utilizada en su investigación por el departamento de Psicología de la Ohio State University ha sido doble:

  • Por una parte, se ha introducido en la investigación un pequeño contador manual, de los utilizados en el golf para anotar los resultados de cada recorrido (a golf tally counter), para contar, no golpes ni hoyos, si no el número de pensamientos sobre el sexo surgidos en un cerebro, durante una semana. De esta manera, el recuento del score cerebral –utilizando la terminología deportiva- no se hace, por los participantes de la encuesta, de manera retrospectiva, rellenando un cuestionario, sino en el mismo instante en el que les surge ese pensamiento sexual.
  • Por otra, se pretende que los participantes de ambos géneros, sigan el rastro y anoten cuando surjan, no solo los pensamientos sobre el sexo, sino sobre los alimentos (“food”) y el sueño (“sleep”).

En definitiva, el estudio de la frecuencia de pensamientos sobre el sexo, en ambos géneros, es novedoso en esta investigación –según sus autores– ya que se plantea como prospectivo y objetivo, y además se compara con otros pensamientos no sexuales, de cosas y acciones necesarias para vivir, como los alimentos y el sueño.

Han participado en el estudio 283 estudiantes universitarios, con edades comprendidas entre 18 y 25 años (una media de 19 años) de los cuales 163 eran del sexo femenino y 120 del masculino. Estos participantes se distribuyeron, aleatoriamente, así: 59 fueron asignados para recoger, durante una semana, mediante el contador manual de golf, sus pensamientos acerca de alimentos (27 varones y 32 hembras), 61 asignados a recoger sus pensamientos acerca del sueño (21 varones y 49 hembras) y 163 asignados a marcar sus pensamientos acerca del sexo (72 varones y 91 hembras). La gran mayoría eran blancos y se identificaban como heterosexuales (96.1%).

Estos fueron los resultados: Respecto a los pensamientos sobre el sexo, la media diaria del contaje de pensamientos en los hombres fue de 19 veces, mientras que en las mujeres llegó a las 10 veces. Si éstas son cifras medias, lo que es llamativo en los datos obtenidos, es la gran variabilidad en los hombres de los recuentos individuales de los pensamientos sobre el sexo (desde una sola vez a 388 veces en 24 horas), lo que hace muy difícil, según la profesora Fisher, generalizar los resultados.

Los hombres piensan sobre los alimentos casi las mismas veces que piensan sobre el sexo (18 frente a 19 veces al día), mientras que en las mujeres predominan los pensamientos sobre alimentos frente a los pensamientos sobre el sexo (15 frente a 10 veces al día). Hombres y mujeres piensan sobre el sueño casi las mismas veces de media al día (11 y 8 veces, respectivamente).

Terri Fisher concluye que el género, sea masculino o femenino, no es el factor determinante más importante acerca de la preeminencia de los pensamientos sobre el sexo en los estudiantes que han participado en la investigación, sino la tendencia individual a la sexualidad (“erotofilia”) y la comodidad con la que se encuentra en estas situaciones que, para otros, pueden producir un cierto embarazo.

En definitiva, estos resultados apoyan la tesis de que los hombres piensan más en el sexo que las mujeres pero no con las llamativas diferencias admitidas popularmente y por algunos profesionales. Es posible que parte de estas diferencias tengan su origen en los estereotipos sociales de ambos géneros, el femenino y el masculino, y en la aceptabilidad social (“social desirability”) de estos estereotipos, lo que hace que las mujeres se resistan a reconocer que piensan muy menudo sobre el sexo, y rebajen las cifras, hasta que parezcan acordes con lo que se entiende socialmente como comportamiento de la feminidad, mientras que los hombres tiendan a incrementarlas, como muestra de una cumplida “leyenda urbana” acerca de la masculinidad.